Éxodo
En tus manos he visto arder
la zarza del destino:
señal de humo por Dios enviada
a los afligidos, esperanzados,
de menesteroso corazón
y tardos de encuentro.
Me descalcé en tu presencia,
huella pulsada en el vientre
al clamor de Tierra Santa,
cantando alabanzas para ti.
Por debajo de tus yemas creadoras
sospeché de la advertencia:
vara incrustada, serpiente conversa;
manantial de sangre, mis intersticios.
A siete plagas siete encuentros
por tres profecías, injurada:
sacrificados nuestros primogénitos
deviniendo en quinto día
desprotegidos, sin ungir.
En tus dedos he visto abrirse
el océano intempestivo
a dos partes
para arrancar el pulso
de una nota infinita, al alma.
Perecimos, perecieron, precedentes.
¡Sálvame tal pueblo electo!
¡Azótame en la injuria de los incrédulos!
¡Vuelva a mí tu vehemencia!
Castigo de idolatría perpetua.
Envuélveme de gracia
que cantaré abierta, satisfecha,
al servicio de tu tacto
con mis manos vacías
llenas de ti, de mí, del encuentro.
Paciente, Señor, vuelve:
acuérdate de tu clemencia
en los acordes del misterio
mientras me ejecutas.


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